El circo chileno se paró de manos, literal y figuradamente, para entrar a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. La UNESCO lo anunció desde Nueva Delhi, dejando a Chile con un nuevo tesoro que no depende ni del cobre ni de lo lindo de sus paisajes. Esta vez, el aplauso fue para la cultura itinerante que viene rodando en carpas hace más de dos siglos.
Lo que se reconoce no es sólo el espectáculo, sino una forma completa de vivir que ha sobrevivido a crisis económicas, carreteras malas y municipales que nunca sabían dónde ponerlos. La UNESCO destacó ese arte heroico de mover cultura de norte a sur sin perder la sonrisa ni la lona. Un mérito que no se enseña en ninguna universidad, pero sí en cada familia circense desde hace más de 200 años.
Para ponerse de pie
Este reconocimiento también pone en valor el linaje que pasa de padres a hijos, donde los apellidos se heredan junto con los trucos, los malabares y la capacidad de armar una carpa más rápido que una constructora levantando un supermercado.
Según la nominación, el circo no solo entretiene, sino que, mantiene vivo un oficio, un estilo de vida y una identidad que se niega a dejarse domar. La postulación empezó en 2017, y como buen circo, llegó con respaldo, más de 650 cartas de apoyo que mostraron que la cosa iba en serio.
Ahora, el circo chileno se suma a la selecta compañía de los Bailes Chinos y la Alfarería de Quinchamalí, que ya estaban en la vitrina patrimonial. Una carpa más grande, más simbólica y que, esta vez, no habrá que desarmar.
