En Chile, justo cuando se acerca San Valentín, Randstad soltó un dato que huele a café de oficina y susurro de pasillo: el 42% de los trabajadores dice haberse enamorado en la pega. No fue en Tinder ni en una cita a ciegas.
No, el “flechazo” se concretó al fragor de correos eternos, reuniones que pudieron ser mail y miradas cómplices que partieron sólo como “buena onda”. De ahí al amor… Un clip de distancia.
Nada de casualidades románticas. La oficina es prácticamente un segundo hogar donde se pasan más horas que con la familia, se celebran logros, se sufren fracasos y se comparte estrés del bueno y del malo.
Y en ese caldo de cultivo aparece el chacotero sentimental, Cupido se pone la credencial y las copuchas empiezan a circular más rápido que el rumor del bono, cuyas “víctimas” son justamente los protagonistas de las románticas historias, y que no tienen idea que están en la punta de lengua de los demás..
Cupido dispara a todos lados
Los números lo confirman: el 68% de los romances se da entre colegas del mismo rango, un 17% mira hacia abajo en el organigrama y un 15% apunta hacia arriba. Ahí la cosa se pone sabrosa y delicada porque cuando entra la jerarquía, aparece el clásico rumor de “esto no va a terminar bien”.
Desde Randstad aclaran que en Chile nadie te puede prohibir pololear en la oficina. Sin embargo, que sea legal no significa que sea inocuo. Sin reglas claras, el amor puede chocar de frente con la meritocracia, el clima laboral y la confianza entre equipos.
Corazón sí, desorden no
“Lo clave no es frenar los vínculos, sino ordenar la casa”, plantea Miguel Capurro, director de Capital Humano para Argentina, Chile y Uruguay. Protocolos claros, reportes voluntarios y cero secretismos. Porque cuando el romance se maneja bien, pasa piola; cuando no, deja de ser comedia romántica y se convierte en drama de oficina en horario laboral.
