En 2016, en las Islas Galápagos de Ecuador, una historia silenciosa cambió el rumbo de una especie completa. Diego, una tortuga gigante de más de 100 años, se convirtió en pieza clave para el repoblamiento de la Chelonoidis hoodensis, cuando su presencia marcó la diferencia en un programa científico contra la extinción.
Misión natural
Hace medio siglo, en la isla Española quedaban solo 14 ejemplares, dos machos y 12 hembras. Diego vivía en Estados Unidos y fue trasladado en 1976 para integrarse al plan. En el centro de crianza en Santa Cruz se instaló sin ruido, pero con un rol decisivo dentro del grupo reproductor.
Con el paso del tiempo, el programa logró más de 2.000 nacimientos y el regreso de tortugas a su hábitat. Años después, un análisis genético afinó la historia, cerca del 40 por ciento de las crías, unas 800, eran descendientes directas de Diego, y sin viagra.
Equilibrio vivo
Hoy, la población muestra un aumento sostenido, aunque todavía lejos de sus niveles históricos. De las 15 especies de tortugas gigantes de Galápagos, tres se extinguieron, mientras otras siguen en riesgo, lo que mantiene activos los esfuerzos de conservación.
El caso de Diego sigue presente en la ciencia y fuera de ella. Su historia instala una idea simple y potente, cuando el tiempo y la intervención se alinean, incluso los procesos más lentos pueden cambiar el destino de toda una especie.
