¿Infiel por naturaleza? El eterno pretexto masculino

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Cada vez que se destapa un caso de infidelidad masculina, tanto en la farándula como en la vida cotidiana, una vieja justificación vuelve a escena: “es que los hombres son así”. Se apela a una supuesta predisposición biológica, evolutiva o incluso genética que los haría más proclives a engañar a sus parejas. Pero, ¿qué hay de cierto en esta afirmación? ¿Se trata realmente de un impulso incontrolable o más bien de una construcción cultural avalada por siglos de permisividad?

La hipótesis que planteo es clara: la infidelidad masculina no es una consecuencia inevitable de la genética ni de una pulsión biológica, sino el resultado de un aprendizaje social que normaliza el engaño, minimiza la responsabilidad afectiva y convierte la mentira en estrategia de poder.

Es cierto que la biología puede ofrecer algunas pistas sobre el comportamiento humano. Algunas teorías evolucionistas sostienen que los hombres, en su afán de perpetuar la especie, estarían programados para esparcir su material genético con el mayor número de parejas posibles. Sin embargo, reducir una decisión profundamente emocional y ética a un impulso evolutivo es simplista y peligroso. Si siguiéramos esa lógica, deberíamos aceptar también la violencia o la dominación como conductas naturales, cuando sabemos que la civilización se basa justamente en resistir esos impulsos y establecer normas de convivencia.

La infidelidad no solo implica un acto físico: se construye en la mentira, la manipulación y la falta de empatía. Y en ese sentido, el componente cultural es clave. Desde pequeños, los hombres son socializados en una masculinidad que premia la conquista, la astucia y la evasión del compromiso emocional. Las historias de infidelidades son muchas veces contadas entre risas en grupos de amigos, reforzando la idea de que ser infiel es, en cierto modo, una muestra de virilidad. En contraste, las mujeres que cometen los mismos actos suelen ser condenadas con dureza y tildadas de traicioneras o inmorales.

La sociedad también ha jugado un rol crucial en la construcción de este doble estándar. A lo largo de la historia, la fidelidad femenina ha sido vigilada con lupa, mientras que la masculina ha gozado de indulgencias. Figuras públicas, deportistas, artistas y políticos han sido sorprendidos en flagrante infidelidad y, sin embargo, rara vez ven dañadas sus carreras. En muchos casos, incluso se les celebra como “galanes” o “seductores”. Esta permisividad perpetúa un modelo donde los hombres pueden mentir y traicionar con la confianza de que habrá siempre una justificación a mano.

Claro está que no todos los hombres son infieles, ni todas las infidelidades obedecen al mismo patrón. Pero lo preocupante es la naturalización del fenómeno cuando proviene del género masculino, como si existiera un salvoconducto genético que les eximiera de la responsabilidad emocional y del daño que provocan. Es momento de cuestionar esas ideas heredadas y exigir una nueva narrativa sobre las relaciones, una que ponga en el centro la honestidad, el consentimiento y la responsabilidad afectiva.

En conclusión, culpar a la genética de la infidelidad masculina no es más que una coartada para no asumir las consecuencias de los actos. Mientras sigamos justificando el engaño con discursos pseudocientíficos o culturales, seguiremos perpetuando relaciones desequilibradas y cimentadas en la desconfianza. Porque ser fiel no es una cuestión de cromosomas, es una elección ética. Y como toda elección, conlleva consecuencias y responsabilidades.

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