Justicia infinita sobre un yunque: el triunfo íntimo y nostálgico de “El Coyote contra ACME”

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Hay sonidos que no se quedan en el aire: se instalan a vivir en los cimientos de la memoria. Si cierras los ojos lo suficiente, todavía puedes escuchar el silbido estridente que corta la tarde de un martes cualquiera, seguido de un silencio de medio segundo y el impacto seco, inconfundible, de un yunque de hierro cayendo sobre un lomo anaranjado y maltrecho en el desierto de Mojave.

Para quienes crecimos con los ojos pegados a la pantalla chica del televisor, esperando la magia de los Looney Tunes, Wile E. “El Coyote” no era solo un dibujo animado desafortunado. Era el retrato más honesto, tenaz y entrañable de la persistencia humana.

Nos enseñó, antes que cualquier manual de autoayuda o clase de filosofía, que el fracaso no es el final, sino una pausa obligatoria antes de volver a encender los cohetes propulsores.

Crecidos con esa fe inquebrantable, aprendimos a amar lo imperfecto, a reírnos de nuestras propias caídas colosales y a sospechar siempre de cualquier manual de instrucciones impreso en letra pequeña que viniera firmado por una misteriosa corporación llamada ACME.

Por eso, ver lo que ha ocurrido con el fenómeno global y masivo de “El Coyote contra ACME”, la película que hoy arrasa en las salas de cine del mundo, se siente profundamente personal. No estamos hablando meramente de un éxito de taquilla o de una simple estrategia publicitaria; lo que ha logrado este filme es una auténtica reparación poética y colectiva.

La ironía duele y, a la vez, fascina, porque durante mucho tiempo pareció que la ficción rebasaba la pantalla para volverse una cruel realidad corporativa. En un movimiento que desprendía un desprecio absoluto por el arte y por el público, los ejecutivos de Warner Bros. decidieron congelar la película por completo, encerrándola en una fría bodega digital con el único propósito de cobrar un jugoso cheque de un seguro fiscal.

Prefirieron destruir una obra terminada, aplaudida por su propio equipo y alabada en funciones de prueba, antes que correr el riesgo de estrenarla. Intentaron aplicarle al mismísimo Coyote su clásica receta: desaparecerlo del mapa mediante un frío memorándum contable, construyendo una película solo para quemarla y cobrar el equivalente a una indemnización por descarte.

Aquel desdén institucional —tratar el esfuerzo de cientos de animadores, actores y técnicos como mera basura contable— demostró la desconexión total de los grandes estudios con la cultura popular.

Fue un insulto directo a quienes crecieron amando estos personajes. Pero los directivos olvidaron algo que ninguna hoja de cálculo o planilla de Excel puede auditar jamás: el peso de la nostalgia compartida y la furia digna de una comunidad de espectadores que se negaba a dejar morir al eterno perdedor.

La respuesta colectiva para rescatar el proyecto, que movilizó a directores, artistas indignados, un elenco brillante encabezado por Will Forte y John Cena, y a miles de fanáticos que protestaron con pancartas bajo la lluvia, se convirtió en el espejo exacto de la trama del filme.

Ver en la gran pantalla al desafortunado carnívoro demandando por fin a la corporación por sus productos defectuosos es una metáfora perfecta de nuestra propia relación con las grandes estructuras corporativas que intentan pisotear el afecto genuino. Es la revancha de los optimistas incurables, de aquellos que alguna vez se sintieron aplastados por los engranajes impersonales del mundo moderno, pero que conservan intacta la capacidad de sonreír y volver a levantarse.

Siempre lo consideró un amigo….

Pero lo más hermoso que nos regala esta película, aquello que le otorga un peso emocional insospechado, ocurre cuando el juicio avanza y las caretas caen. En medio de los alegatos y los artificios legales, la historia se atreve a revelar el secreto mejor guardado del desierto: Wile E. Coyote y el Correcaminos, tras décadas de persecuciones interminables, se miran a los ojos y se reconocen, sin rodeos, como amigos.

Comprenden, con una ternura desarmante, que ninguno de los dos es nada sin el otro. Toda esa competencia feroz, los acantilados, los explosivos y las carreras infinitas no eran más que la forma más extraña y hermosa de compañía que dos almas solitarias podían inventarse para no sucumbir al aburrimiento del mundo. El motor de sus vidas era el otro.

Ahí reside la verdadera moraleja de este hito cinematográfico y de nuestras propias infancias. La vida no se trata de alcanzar una meta estática o de aplastar al contrincante definitivo; se trata de la inagotable resiliencia de seguir intentándolo, de levantarse con el plumaje chamuscado pero intacto y de valorar a esos compañeros de ruta que, con sus mañas y su velocidad, le dan sentido al viaje.

Sentarse hoy en la butaca del cine, rodeados de adultos que peinan canas y de niños que descubren por primera vez la torpeza genial del personaje, produce un nudo en la garganta imposible de disimular. Cuando en la sala estallan las risas ante el despliegue visual, con esa mezcla perfecta entre la animación tradicional y el pulso del cine de acción real, uno entiende que la infancia nunca se abandona del todo; solo cambia de refugio.

“El Coyote contra ACME” nos devolvió la certeza de que las trincheras de la cultura popular y el cariño comunitario son capaces de derrotar a los contadores de corbata. A pesar de los desprecios de un estudio que quiso enterrarla en vida, la película logró escapar de la censura de los despachos. Wile E. Coyote finalmente ganó el juicio. Y con él, de una u otra manera, ganamos todos los niños que alguna vez soñamos con dibujar un túnel perfecto en medio de la muralla gris de la rutina, sabiendo que, pase lo que pase, siempre habrá un motivo para volver a correr hacia el horizonte.

Columna de Opinión de Carlos Fernández

N. de la R.: Las opiniones vertidas en esta y otras columnas de opinión son de exclusiva responsabilidad de quien las escribe y no necesariamente la del medio.

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