Migrar y reinventarse, una chilena en Alemania

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El vapor del café se pierde en la ventana empañada, mientras Javiera Macaya, 34 años, publicista, mira cómo Múnich amanece lento y gris. Lleva cinco años en Alemania, pero hay días en que todo se siente recién empezando. Llegó en plena salida del COVID, dejando Chile atrás por amor, sin manual, sin red, solo con una certeza, había que intentarlo.

No fue impulso, tampoco locura. Fue una decisión en pareja, una de esas que te cambian la vida sin pedir permiso. “Migré por amor, aposté todo”, cuenta Javiera, sin rodeos. Mientras otros buscaban oportunidades laborales, ella eligió construir un proyecto en conjunto, y en ese todo o nada dejó mucho más que una dirección.

Sin filtro

El aterrizaje fue duro, sin anestesia. El idioma no acompañaba, el clima pesaba y la cultura laboral imponía distancia. “La diferencia cultural, el clima y el ámbito laboral fueron un golpe de realidad”, reconoce. Lo cotidiano, comprar, trabajar, conversar, se volvió un desafío constante, casi como reaprender a vivir desde cero.

Y claro, hubo quiebre. Momentos donde todo se veía oscuro, donde la cabeza jugaba en contra. “Pensé que quizás me había equivocado”, admite. Buscó ayuda psicológica porque se le juntaron varios temas, pero en ese proceso incómodo apareció algo más fuerte, la decisión de quedarse. “Fue un proceso que tuve que vivir para llegar hasta hoy”, dice, ya desde otro lugar.

Lo que queda

Chile no se borra. Extraña la familia, los amigos, las risas sin planear, la espontaneidad que no cabe en agenda. “Me ha costado soltar mi zona de confort, mis costumbres y lo cotidiano”, confiesa. Porque migrar no es solo avanzar, también es aprender a convivir con un vacío que no siempre se llena.

Pero no todo es cuesta arriba. Alemania le dio orden, seguridad y una calidad de vida que valora todos los días. “Hay respeto por el espacio del otro, transporte público toda la noche y tranquilidad”, cuenta. Entre ciclovías y rutinas más ordenadas, encontró algo que no tenía antes, estabilidad emocional y financiera.

Hoy lo dice sin maquillaje. “No romantices migrar”, advierte. “Hazlo, pero con los pies en la tierra”. Porque irse no es escapar, es transformarse. Y en ese viaje, entre lo que duele y lo que suma, Javiera entendió algo clave, nadie vuelve siendo el mismo.

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