Perder a una mascota: el dolor real que la ciencia y la sociedad empiezan a reconocer

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Un estudio reciente, encabezado por el profesor Philip Hyland, de la Universidad de Maynooth (Irlanda), puso en palabras algo que muchas personas ya saben en silencio: perder una mascota duele tanto como perder a alguien de la familia.

No es una frase emotiva al pasar, es una conclusión respaldada por datos que muestran duelos intensos, largos y emocionalmente complejos, con impacto real en la salud mental.

Porque la familia ya no es la de antes. Hoy, perros, gatos y otros animales se suben al sillón, duermen en la cama y forman parte de la rutina diaria. Acompañan días buenos y malos. Por eso, cuando se van, la casa no queda igual. El vacío se siente en los platos, en los paseos que no se repiten y en ese silencio que cuesta explicar.

Vínculos irremplazables

En Chile, esta experiencia también es motivo de estudios. La trabajadora social Estela Ortiz Pérez, de la UTEM, investigó el duelo por la muerte de animales en su tesis de magíster en Psicología Clínica en la Universidad de Chile, bajo el título «El dolor de perderte». Allí recogió relatos de personas que no hablan de mascotas, sino de familia multiespecie.

Los testimonios son claros y duros. El apego es profundo y la pérdida golpea fuerte. “Los roles descritos se parecían mucho a los de bebés con sus madres”, explicó la investigadora, dejando en evidencia que el quiebre de ese vínculo no es menor, aunque muchas veces se minimice con frases hechas.

Cuando el dolor ya no es privado

En un país donde 8 de cada 10 personas conviven con al menos una mascota (CADEM, 2022), el tema dejó de ser íntimo. La Comisión de Trabajo de la Cámara de Diputados aprobó legislar un proyecto que busca otorgar un día libre laboral por la muerte de una mascota, abriendo un debate que cruza trabajo, afectos y salud mental.

El fondo es simple: el dolor existe y no debería dar vergüenza. Reconocerlo, acompañarlo y, cuando sea necesario, buscar ayuda profesional, no es exagerar ni dramatizar. Es entender que despedir a quien fue parte de la vida cotidiana también merece tiempo, respeto y empatía.

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