Las papas voladoras: la historia del Boeing y su cabina sin humanos

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Nueve toneladas de papas ocuparon los asientos de un avión en 2012. No era un cargamento ni una apuesta por revolucionar el menú a bordo: Boeing quería estudiar cómo se repartía la señal inalámbrica dentro de una cabina llena.

El problema eran los pasajeros. O, para ser precisos, sus cuerpos. Como contienen mucha agua, pueden absorber, reflejar y alterar parte de las ondas de radio. Si a eso se suma un fuselaje metálico, objetos que se mueven y carros de servicio recorriendo el pasillo, la señal termina haciendo una especie de pinball aéreo.

Para entender ese enredo, los ingenieros necesitaban repetir mediciones bajo condiciones estables. Podían llenar el avión con voluntarios, claro, pero había un pequeño detalle: las personas se mueven, comen, van al baño y rara vez aceptan pasar días convertidas en equipamiento de laboratorio. Y pa´qué hablar de los costos…

Pasajeros con cáscara

Ahí entraron las papas. Su contenido de agua y determinadas propiedades dieléctricas permitían imitar parcialmente la interacción del cuerpo humano con las señales estudiadas. Ojo: eso no convierte a una papa en una persona electromagnética. Solo la hacía útil como reemplazo para mediciones específicas.

Las reconstrucciones consultadas hablan de 20.000 libras, equivalentes a unos 9.072 kilos, distribuidas en sacos dentro de una aeronave retirada del servicio. El método recibió el nombre SPUDS, sigla de Synthetic Personnel Using Dielectric Substitution y también un juego con una palabra coloquial inglesa para referirse a las papas.

Con una cabina que no pedía estirar las piernas ni reclamaba por el asiento del medio, los técnicos podían repetir las pruebas y detectar lugares con distinta intensidad de señal. El ensayo no buscaba mejorar la conexión entre el avión y un satélite o una estación terrestre: apuntaba a entender cómo se propagaba la señal dentro de la aeronave.

¿Y sirvió para algo?

Sí, pero conviene no echarle más aliño del necesario. Los medios consultados coinciden en que las papas permitieron simular una cabina ocupada, repetir las mediciones de forma controlada y comparar después los registros con pruebas realizadas en personas.

También aseguran que el procedimiento redujo un trabajo de más de dos semanas a cerca de diez horas. Esa cifra es atribuida a una publicación de Boeing de diciembre de 2012, lo que sin duda contribuyó al éxito de las pruebas realizadas aunque no se ha informado de sus resultados.

Papita viajera

Lo cierto que del experimento “papístico” no se sabe que qué ajustes concretos nacieron de aquellas mediciones, si llegaron a sistemas instalados en aviones comerciales o si las papas siguen prestando servicios como pasajeros de laboratorio.

La imagen sigue siendo irresistible: miles de kilos de papas haciendo el trabajo que era complicado hacerlo con “humanos” durante días. Una historia curiosa, sí, pero también una muestra de que la ingeniería, cuando se queda sin voluntarios, puede encontrar soluciones hasta en la feria.

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